Lobo de mar

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[Hace años leí unos cuantos libros de Tim Powers que me dejaron completamente hechizada. Os recomiendo "Las Puertas de Anubis", "En costas extrañas" y "La fuerza de su mirada".]

El agua golpea con fuerza contra las rocas mientras un Gorgoth deforme ve el Venganza Roja partir a la luz de un crepúsculo con cielo de tormenta. Gruñe con fuerza mientras el barco se aleja dejándolo allí para siempre, preso en la Isla Innombrable, donde le han exiliado hasta el fin de sus días.

La travesía a bordo del Venganza Roja había sido tranquila hasta que el capitán decidió permitir a su hija María Celeste en la tripulación.

- Pero capitán, ya sabe que la mala suerte sube a los barcos de la mano de una mujer.

El capitán, malhumorado, había hecho oídos sordos a estas protestas. Ordenó izar las velas y partir sin más miramientos mientras observaba a su hija por el rabillo del ojo. Su mujer había muerto hacía poco. Alguien la había acusado de bruja. Muy pocos comentaron estas afirmaciones, nadie quiso repetirlas, pero una noche de verano alguien plantó fuego a la casa que había sido su hogar. María Celeste se salvó porque en ese momento no estaba. Se había escapado por la ventana para estar con aquel desgraciado de Jules. ¡Ese Jules! Como lo coja, lo descuartizo, pensaba el capitán. Pero no volvió a aparecer el malnacido que quería cortejar a toda costa a su hija menor de edad.

Así que el capitán, a falta de familia donde poder dejar a su hija, había decidido llevársela con él en su barco a la espera de que cumpliera la mayoría de edad y encontrara a un hombre que fuera bueno y valiente y que pudiera cuidar de ella. ¡Y a sus hombres no les quedaba otro remedio que aguantarse!

Pero la tripulación estaba inquieta. Y no había ayudado demasiado el ingreso de aquel tipo. Había aparecido en el puerto dos días antes de zarpar el Venganza Roja. Decía que sentía grandes deseos desde siempre de convertirse en pirata, y suplicó que le permitieran formar parte de la tripulación. En aquellos días de anarquía el mundo estaba dominado por los piratas. Si alguien quería ser importante se convertía en pirata. Pero muy pocos tenían madera para ello. Contradiciendo su sentido común, el capitán aceptó a este nuevo hombre en su tripulación. Había perdido muchos hombres en su anterior travesía desde las Tierras del Oeste como para permitirse el lujo de rechazar esa propuesta. Y la verdad, cada vez había menos hombres que soñaran con convertirse en piratas. El ser pirata significaba tener todo lo que se pudiera desear, riquezas, mujeres deslumbrantes en cada puerto. Pero muy pocos volvían para contarlo.

Pero aquel mequetrefe no le gustaba ni un pelo, y aunque no le parecía peligroso se había propuesto vigilarlo de cerca. Era bajo, delgado y medio encleque. Con una barba oscura y espesa que le cubría gran parte de la cara y unos ojos huidizos que no inspiraban ninguna confianza.

Pero tras unos días aquel chiquillo se ganó a sus hombres. Era educado, sabía cocinar de maravilla y se prestaba como voluntario para fregar la cubierta del barco sin que nadie se lo pidiera. Así, me gusta, pensó el capitán, este tipo sabe que las cosas se empiezan por abajo. El capitán odiaba a los engreídos y apreciaba la humildad y las ganas de trabajar. Así fue como el nuevo se ganó también al capitán.

Hubo dos semanas de tranquilidad en el barco mientras planeaban el siguiente botín. Dos semanas de tranquilidad hasta aquella noche de luna llena en que se levantó una terrible tormenta. Muchos de los hombres estaban jugando una partida de cartas apostándose parte del último botín cuando la lámpara de aceite se movió tan violentamente que se cayó con un estruendo. El barco era presa de las olas, saltando a un lado y a otro. Los hombres subieron a cubierta, y entre el estrépito de la tormenta y los gritos del capitán, procedieron a arriar las velas, cuando la botavara de la menor golpeó a uno de los hombres y lo tiró al mar.

- ¡Hombre al agua!

Entre los gritos de la tripulación y la confusión general, nadie vio esa sombra deslizándose cerca de los camarotes. Nadie la vio hasta que reapareció aullando y con los pelos de la espalda completamente erizados. Se lanzó sobre el bueno de Jack, uno de los hombres de confianza del capitán, y de un mordisco le abrió la garganta que comenzó a sangrar a borbotones mientras aquel ser sorbía con fuerza.

Al momento muchos de los hombres del capitán se echaron encima de él, y después de una lucha encarnizada, en la que murieron otros dos hombres y otros tantos resultaron heridos, lo inmovilizaron y lo encerraron en uno de los camarotes. La tormenta para aquel entonces ya había amainado y el capitán se dispuso a hacer recuento de sus maltrechos hombres. Dos heridos, cuatro muertos (uno ahogado y tres víctimas de aquel vil y repugnante ser) y uno desaparecido. El novato no aparecía por ningún lado.

- Se habrá caído por la borda, capitán.

El capitán dio un respingo y se dirigió corriendo al camarote de su hija, María Celeste, donde la encontró profundamente dormida. Extrañamente dormida para la fuerza con que la tormenta había sacudido el barco.

Tres días se pasó María Celeste dormida, tres días, durante los cuales el barco había cambiado su rumbo y se dirigía a la Isla Innombrable, donde se disponían a abandonar a esa criatura del diablo que caminaba erguida, estaba cubierta de pelo, aullaba como un poseso y tenía unas fauces hambrientas de sangre humana. No se atrevieron a matarlo. Había leyendas que hablaban de una criatura similar, una criatura inmortal.

María Celeste abría sus ojos mientras el atardecer se extendía sobre el mar. Mientras Jules Gorgoth gruñía o reía a carcajadas (era difícil distinguirlo) en aquel peñasco de la Isla Innombrable, con el sabor sangriento de la victoria en sus labios. María Celeste, la hija del capitán, llevaba un vástago suyo en las entrañas.

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